19 feb. 2010

Para qué queremos los medios: Una historia de teros (leer más)

En los últimos años estamos siendo testigos del poder creciente de los medios de comunicación masivos en la creación y el modelamiento de la llamada “opinión pública”.
Es éste un fenómeno tan abarcativo que es susceptible de múltiples enfoques, desde los de las recientemente nacidas ciencias de la comunicación, la economía, la sociología, las ciencias políticas.
Nos proponemos, en este escrito, analizar este tema desde la óptica del sujeto, específicamente preguntando: ¿Qué quieren los sujetos de los medios? ¿Qué necesidades de las personas vienen a cubrir?
Si los medios han de tener un poder, es el que le conferimos, es el lugar que les damos en nuestras vidas. Aclaro: en absoluto creo que es una explicación final, sólida, sino más bien abrir la pregunta sobre cómo medios y sociedad se van modificando mutuamente

Quienes tenemos más de 45 años, recordamos que existían unos pocos canales de TV, por supuesto, abierta: el 2, el 7, el 9, el 11 y el 13. No existía el cable. Entre los diarios nacionales estaban Clarín, La Nación, La Razón, La Prensa y Crónica. (Dependiendo de la época, se podrían agregar La Opinión, Tiempo Argentino, etc.) El panorama radial, como siempre, era más nutrido, pero sin llegar a ser, ni por asomo, lo que es ahora. Esos medios eran empresas independientes; competían entre sí, trataban de captar un tipo de público, y desde ahí, proyectarse. Según recuerdo, cada uno de ellos tenía sus características propias. En los canales de TV, que funcionaban con horarios mucho más reducidos (más o menos de 11 de la mañana a 12 de la noche) existía una grilla de programación más o menos respetada por todos: los clásicos dibujos animados para los pibes, o los geniales 3 chiflados; las novelas de la tarde para las amas de casa, el ciclo de películas nocturno para los hombres y, por supuesto, los noticieros. Aquí nos detendremos un poco: por lo general había dos en el día, mediodía y noche, conducidos por dos presentadores, que eran periodistas del “elenco estable” del canal, que uno los veía durante años y que, por cotidianeidad, casi, casi se convertían en uno más de la familia. Sus opiniones eran más bien escasas, a veces se distinguían más por el lenguaje corporal, sus gestos, que por sus dichos. Los noticieros eran de información general, con secciones bien diferenciadas. Su libertad informativa era variable según el tipo de poder de turno: desde los gobiernos democráticos, si bien básicamente permeables a las exigencias eclesiásticas de “contenidos morales”, que ejercían más que censura, mojigatería, a las dictaduras, las que, no conformes con ser celosas custodias de toda moral occidental y cristiana, censurando todo aquello que tuviera connotaciones sexuales, ideas políticas “incorrectas”, ajenas a nuestro ser nacional, llegaron a apropiarse de los canales de TV, “interviniéndolos”, como hicieron los carniceros del 76.
Estos medios se fueron desarrollando al compás de los avatares de la sociedad argentina, especialmente en las rupturas de su tejido político y simbólico, pasando de la visión complaciente de un país generalmente próspero, que gozaba con Palito Ortega y Sandro a fines de los 60, con el telón de fondo de las dictaduras militares y, en ciertos períodos, con gobiernos civiles, siempre “tutelados” por los uniformados. En estos años, fines de los 60, el país era más aldeano, se conocía al vecino, se compartía con él. Era frecuente en noches calurosas de verano ver a los vecinos charlando en la puerta de sus casas, contacto humano directo. En esos años, el poder siempre era de los mismos, aunque se turnaran radicales y militares en la presidencia, con el peronismo proscripto.
Cuando llegó la violencia y la muerte pocos años después, todo comenzó a cambiar, y, en el 76, entre muchas otras cosas, lo que se rompió fueron los lazos comunitarios (primera ruptura). No en vano el slogan del Proceso fue “el silencio es salud”: clara advertencia que para salvar la vida era necesario enmudecer. Ya los vecinos podían no ser esa persona amable que se saluda todos los días, y quizá fuera un “terrorista”, un “subversivo”. Mención en particular merece la cuestión de “Papel Prensa”, por la cual la dictadura de Videla despojó a la familia Graiver de sus bienes y se los transfirió al conjunto de los diarios más poderosos, favoreciéndolos en cuanto a convertirlos en dueños de la empresa que vende papel para imprimir diarios. Dijimos que los canales de TV habían sido “intervenidos” por las FFAA, no vamos a hablar aquí de la TV en la dictadura, sino que nos interesa más ver cómo nos fuimos aislando, cómo hemos ido perdiendo el contacto directo con el otro más allá del círculo más restringido, y cómo ese lugar del “otro” fue progresivamente ocupado por los medios, convirtiéndose en el “Otro”. Ya señalamos, pues, la primera ruptura de los lazos: la del Proceso. La segunda se va a producir en los 90, con la fiesta neoliberal, dedicada a la destrucción del Estado, en tanto obstáculo para los caprichos del mercado, y la de todo lo que pueda llevar a la solidaridad: ahora el paradigma es el individuo, lo social es descalificado. Surge el fenómeno mundial de la globalización, de la mano de las comunicaciones. Los satélites, Internet, hacen del mundo un lugar más chico, hacen de él una suerte de unidad. La caída del Muro de Berlín deja abierto el camino a la absoluta hegemonía norteamericana y la instauración de un discurso único en lo económico, lo político y lo social. Es la hora del Mercado. Hablan del fin de la historia.
Este es el momento fundacional de los medios tal como los conocemos ahora; su parto fue inducido por la preeminencia de la economía sobre la política; a nivel humano, el otro es ya más un posible competidor que un prójimo, el éxito pasa a ser el bien absoluto. Esto deja al hombre francamente sólo y anónimo, en un mundo duro e implacable, donde se triunfa o se es excluido.
A tal punto el éxito es el objeto de culto, que en esos años nace el fenómeno que se conoció como farandulización de la política: los cargos pasan de estar ocupados por gente idónea a ser elegidos por su popularidad, por ser deportistas o empresarios, famosos y exitosos. Ya no logran distinguirse los límites entre la política, el mundo del espectáculo y el mundo de los negocios…
De la mano de la concentración económica vino también la concentración mediática: así se han conformado los oligopolios comunicacionales en Argentina. Las nuevas condiciones de competencia que trajo aparejada la TV por cable incrementó exponencialmente la cantidad de canales y de horas de programación, surgiendo los canales especializados: de música, de películas, femeninos, infantiles, deportivos y también de noticias.
Se produce, entonces, una serie de cambios enormes, la mayoría de los cuales imperceptibles para el usuario medio: para comenzar, si bien antes había mucha menor cantidad de medios, al no estar concentrados, había mayor posibilidad de pluralismo. Si tenían problemas de censura, los tenían todos, pero básicamente cada uno era dueño de su propio punto de vista, y decidía qué riesgos tomar.
Hoy, un canal de noticias, estando en el aire 24 horas, repite las mismas noticias en innumerables ocasiones, sencillamente porque debe rellenar horario de programación, pero, además, porque la repetición sistemática y permanente logra, frecuentemente, romper con las barreras de pensamiento crítico del auditorio, instalando una idea o un aspecto de la realidad como verdad única. A esto, agreguémosle la repetición en la radio AM, FM, el diario, el canal de Cable, las revistas…
Volvamos a la historia: en el 2001 colapsa toda esta concepción neoliberal de la economía, y se instala en la sociedad el discurso de la Antipolítica: el “que se vayan todos”, infantil producto de una sociedad que había comprado el mejor método de suicidarse. Pero la caída del Neoliberalismo como Pensamiento Único no trajo asociada la caída de esta idea en los medios, sino más bien todo lo contrario: desde que se fue recuperando la democracia en 1983, los medios, y en particular los periodistas, fueron convirtiéndose en una suerte de fiscales de la República, especialmente en materia de corrupción. Resumamos: habiendo caído el paradigma del mercado como amo, estando destruidos los lazos con el otro en tanto mi prójimo, sufriendo la política, y más aún, los políticos, el mayor descrédito de nuestra historia, estando las personas cada vez más aisladas, más solas ante el destino (crisis financieras, desocupación, inseguridad, etc.), surgen las cámaras de TV como los únicos testigos creíbles, los que mostraron los bancos tapiados, la represión policial.
Las diversas crisis económicas y la pauperización durante décadas han ido acumulando una situación de desigualdad, de inequidad social, de expulsión de los circuitos laborales y educativos que ha estallado en los últimos años con el aumento de la delincuencia y de la violencia, generando una situación de inseguridad importante, la que a su vez es amplificada o disminuida a voluntad por los medios, de acuerdo a su mayor conveniencia. Así, el movilero se convierte en el fogonero de la indignación popular, del pedido de degüello frente a cámaras ante cualquier acto delictivo. Esa persona a la que referimos como sola, anónima, asustada, encuentra su lugar para decir –al igual que sus ídolas multimillonarias- que nos están matando a todos, que no se puede seguir así, y que son pibes de la villa, menores. Puede, así, tener algo en común con sus ídolos. Encuentra un lugar donde es escuchada, se halla, junto con muchos otros vecinos, por primera vez juntos, reunidos, pidiendo por algo que tienen en común: demandar al poder político, denunciar su impotencia o su inutilidad.
Esto se lo deben a la cámara de TV. Tal vez el precio que deban pagar es el de hacer una declaración con el cadáver de su familiar-víctima aún caliente, pero se sienten escuchados. La información, entonces, ha devenido espectáculo.Espectáculo en el cual nos sentamos a ver el sufrimiento del otro, del mismo modo en que se ve una película; espectáculo que nos entretiene cuando no hay nada específico para ver o hacer. Espectáculo que nos permite ver las miserias ajenas, para no ver las propias. Espectáculo que nos permite indignarnos, emocionarnos, amar u odiar; nos permite existir, sin involucrarnos.Esa música, ese decorado, el conductor del programa que vemos a diario, que nos repite más o menos lo mismo, en el mismo tono, que
Se va a indignar conmigo, que pondrá la misma cara de desagrado ante las malas noticias, se convierte en mi Otro, en mis ojos para ver la realidad. Pensará por mí, me revelará la verdad. Y esta verdad será repetida tantas veces como sea necesario hasta convertirse en un tema sobre el cual la opinión pública emita un veredicto.
Muchos políticos, conscientes de la importancia de aparecer en el noticiero, o en la tapa de los diarios, se han transformado en los “empleados del mes”, patentizando la lucha que tiene la política cuando no quiere ser condicionada por las empresas de la comunicación, que despliega todo el arsenal de famosos que pueda reunir para denostar a lo que se opone a sus intereses.
Podemos concluir diciendo que la influencia cada vez mayor de los medios en la formación de la opinión pública se debe a que en una sociedad cada vez más autista, desprovista de la solidaridad, cuya modalidad de contacto pasa más por lo electrónico (como estamos haciendo en este momento) que por lo personal, los medios tienen la función de generar un relato, una historia con la cual identificarse , una suerte de comunidad en defensa de la libertad de prensa:se convierten –imaginariamente- en garantes de la verdad: la verdad es lo que se ve en la pantalla de TV, en la hoja de un diario. Para mucha, demasiada gente, es impensable que un diario mienta. ¿ No parece una suerte de fe religiosa?. Quizá estemos ante el renacer de la religión, el Gran Otro de nuestros tiempos.
Lo que no se ve, como en todo espectáculo, es que en él, los actores representan papeles. Detrás de las cámaras, hay empresas poderosísimas cuya mayor preocupación no es justamente la de decir la verdad, sino la de aumentar sus ganancias y apoderarse de más medios para obtener aún mayor poder. Así van condicionando al poder político, mediante el modelamiento de los humores sociales.
Oscar Massotta, intelectual en espera del justo reconocimiento, decía que el síntoma en Psicoanálisis hace como el tero: pone los huevos en un lado, y canta en el otro. Muchos de nuestros medios dicen defender la libertad de prensa, pero sólo les importa la de los negocios, sus negocios.

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