20 jun. 2011

La Sangre

En el reportaje a Estela Carlotto en el Página de hoy, refiriéndose a la sorpresiva decisión de Marcela y Felipe Noble Herrera, ella dice: "Podrían o no ser nuestros nietos, lo que ocurre es que las fuertes denuncias dan bastante seguridad, pero esto sólo lo puede decir la sangre".
Me quedé pensando en la contundencia simbólica de esta frase, porque no es el mismo efecto que si hubiera dicho "pero esto sólo lo puede decir el ADN". No, definitivamente, no.
"Sangre", aquí se despliega como un árbol de significaciones. Más allá de la alusión significativa  implícita en el sentido de la frase, esto es, ligada al ADN, el trasfondo permanente de este caso (y de tantísimos otros que hemos conocido) fueron justamente, hechos de sangre.
En algunas oportunidades hemos hablado de la sangre derramada; me interesa más ahora intentar pensar en la sangre amordazada, acallada, enmudecida por oposición al sentido de la frase de Estela de Carlotto.
En el plan sistemático de exterminio de la dictadura no sólo era necesario matar, en lo posible en las sombras (recordemos el slogan "los argentinos somos derechos y humanos") es decir, que la sangre se derramara de modo oculto,  sino también, romper con la cadena simbólica que liga a padres e hijos: evitar la "reproducción de los subversivos", ¿de qué modo ? ubicando a los niños nacidos en cautiverio de sus madres con personas que les inculcaran los  valores occidentales y cristianos.  No puedo sino recordar, en este punto, a la excelente película "Los Niños del Brasil" que relata la experiencia de Menguele que, intentando clonar nuevos Hitler, más allá de lo biológico, les imponía pasar por idénticas peripecias de vida que el führer para que el condicionamiento fuese perfecto. Con menos fantasía y remilgamiento, la estructura de lo pretendido por la dictadura era similar: corregir esa "imperfección de sangre" señalada por el carácter subversivo de sus padres, y convertirlos en "gente de bien".
Doble mordaza de la sangre entonces: la de sus padres, invisibilizada, y la de sus hijos,  despojada y ofrendada a quienes garantizaran reconvertirla.
Pactos de sangre y pactos de silencio, ligadura entre la patota que secuestra, roba, tortura y mata, con los apropiadores del despojo: pasaje de la sangre invisiblemente derramada a la sangre enmudecida por el  ocultamiento del origen, negación de la identidad.  Necesarios cómplices en los crímenes, este tema como pocos desnuda las relaciones entre el poder militar y el poder civil, sea éste económico ó judicial.
Pero los asesinos no pudieron terminar de cumplir su tarea; los asesinos, vaya paradoja, subestimaron el valor de la sangre: quedaron Madres y Abuelas; quedaron padres y hermanos que no se resignaron; la sangre inocente que hicieron derramar en Malvinas (también bastante acallada en mi opinión)  terminó por hacer colapsar a la Dictadura, que se las rebuscó no obstante durante 20 años más para eludir la acción de la justicia,pero que ahora están pagando,  porque nunca esas Madres y esas Abuelas bajaron los brazos: estamos aquí ante la sangre recuperada.  
Buscando sus hijos y nietos, se hicieron nuestras madres y abuelas. Más allá del ADN, de los restos que se han ido encontrando,  más allá de los nietos efectivamente reintegrados, muchos otros, que las amamos y respetamos, nos hemos hecho de su sangre, porque esa es la única garantía posible que el horror no vuelva a repetirse.
Es inmensamente sabia Estela de Carlotto cuando dice: "estas cosas sólo las puede decir la sangre".

17 jun. 2011

Volviendo con las Madres

Hace ya un tiempo que no escribía en el blog. Una sucesión de razones llevaron a ello: una cuestión de salud, que demandó tiempo y energía; en simultáneo, sostener este emprendimiento de comenzar a estudiar una nueva carrera, y, siguiendo en la línea de las vicisitudes personales, la sensación de que, de escribir, lo haría repitiéndome a mí mismo. Y puedo afirmar que ésta última fue la señal de alarma más fuerte, el llamarse  a silencio  si se considera que por más que se escriba, no se dice nada. Porque, en todo caso, sería el egoísmo narcisista de llenar un vacío, de "estar", de no "desaparecer" (qué palabra surgió de golpe...).
Carajo, si algo existe en serio es el Inconsciente. Porque lo que me permite volver a escribir es justamente el sublevarse contra lo que están pasando estas pobres viejas, en el sentido más afectuoso con que se pueda decir: caranchos las sobrevuelan en espera de que se conviertan en cadáveres; otras alimañas también están al acecho. Esas que con falsos aires de respeto se preguntan si no es un error que construyan viviendas, e incluso instalen debates sobre ello, pero jamás le hayan preguntado al hijo de Franco por qué no hizo las que debía hacer.
Y uno, alimentado entre tantas cosas (entre ellas, primordialmente, el amor de los suyos) por palabras de los que cuando hablan, dicen, recuerda algunas de esas frases, poemas, canciones que lo han hecho ser lo que es: una de ellas, de un tal Hegel, dice más o menos "en cada cosa sabida aún se oculta algo digno de ser pensado" y se pregunta ¿Serán más libres hoy los caranchos ya mencionados de lo que fueron durante la dictadura ? Porque lo que fue en su momento la cadena de hierro de la prepotencia militar, se convirtió en la cadena de oro de la prepotencia del poder económico. No hay, pues, más allá de las formas, diferencia alguna. 
Y esas viejas locas, en pasado y presente, voces que deben ser acalladas.
¿Cómo pedirles, sin sacrificar, obviamente, la obediencia debida, algún respeto por estas mujeres, cuando nunca pudieron entender aún elementalmente qué hacían (y aún hacen) todos los jueves en la Plaza? ¿Con qué cara pueden aparecer en sus programas juzgando si más allá de confianza hubo complicidad, cuando ocultan por encubrimiento el tráfico de hijos de desaparecidos del que sus patrones seguramente no han sido ajenos, así como de tomar por asalto  una empresa con la connivencia de los genocidas, sean de uniforme como de traje ?
Quizá sea imposible no repetirse, pero probablemente haya aún en la repetición, una diferencia:  la de descubrir que aún nos queda capacidad de indignación, a pesar del agua corrida bajo el puente.
En pocos años más, las Madres y las Abuelas dejarán atrás su encarnadura y serán sólo ejemplo y bandera. Con sus aciertos y errores, con sus diferentes estilos, ellas nos habrán legado una ética que no creo volvamos a encontrar. Cada cual sabrá dónde ubicarse: algunos, reconociéndose un poco como hijos de las Madres, otros, apenas como hijos de puta.